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jueves, 11 de noviembre de 2010

CARTAS

Carta de SACERDOTE  CATOLICO AL NEW YORK TIMES 


Querido hermano y hermana  periodista:

Soy un simple sacerdote católico.  Me  siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo  en Angola como misionero.

Me da un gran dolor por el profundo  mal que personas, que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique  tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del  lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto todas las  medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la  dignidad de los niños será siempre una prioridad  absoluta.

Veo en muchos medios de información, sobre todo en  vuestro periódico la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así  aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… Ciertamente todo condenable! Se ven algunas presentaciones  periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas  de preconceptos y hasta odio.

¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en  los cuatro ángulos del mundo! Pienso que a vuestro medio de  información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde  Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las  ONG’s no estaban autorizadas; que haya tenido que enterrar decenas  de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han  retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en  México mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con  la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la  oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de  110.000 niños...

No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000  personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU.  No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la  calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen  de la gasolina, que alfabeticen cientos de presos; que otros  sacerdotes, como P. Stefano, tengan casas de pasaje para los chicos  que son golpeados, maltratados y hasta violentados y buscan un refugio.

Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa  por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados  de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a seropositivos… o sobretodo, en parroquias  y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y  amar.

No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por  salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya  transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido  ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco  señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más  recónditas hayan muerto en un accidente en la calle; que decenas de  misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario,  por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a  causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo  están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la  región…Ninguno pasa los 40 años.
No es noticia acompañar la vida  de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y  alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que  sirve.

La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

No pretendo hacer una apología de la  Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también belleza y bondad como en cada  criatura…

Insistir en forma obsesionada y persecutoria en un tema perdiendo la visión de conjunto crea verdaderamente caricaturas ofensivas del sacerdocio católico en la cual me siento ofendido.

Sólo le pido amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza.
Eso lo hará noble en su profesión.

En  Cristo,  P. Martín Lasarte sdb

1 comentario:

  1. LA QUE YO QUIERO


    Andar como cogidos de la mano.
    Avanzando por los caminos, siempre nuevos, del Amor sin fronteras,
    de la Justicia, de la Paz dignificante y perdurable,
    de la Esperanza ilimitada y viva.

    La Iglesia que yo quiero, que yo sueño y que espero ver crecer
    (aunque sea poco a poco), no puede ser de otra manera
    si así no la hacemos entre todos:
    animadora, favorecedora, acogedora, orientadora,
    formadora, como una maestra que acompaña y da su apoyo;
    adaptable, flexible (capaz de acomodarse cada vez haga falta); avanzando siempre, sin miedo a la nueva exigencia
    del tiempo que vivimos.

    Que hable de sí misma ¡sólo lo imprescindible!
    Pues lo que ha de hacer es Anunciar
    a Jesucristo y su Mensaje,
    no vivir recordando pasados o cuestionando presentes.
    Ni dejándose arrastrar por modas y modos
    (sin que haya en el cambio un motivo real, profundo,
    de querer mejor servir a las causas del Reino).

    Comprometida y defensora
    de la Causa de Jesucristo: promotora de la Paz auténtica,
    del Shalom sin fronteras.

    Conciliadora, armónica, entusiasta de la vida,
    como el Dios de la vida en que creemos.

    Misionera; vibrante siempre de comunicidad.
    Para enriquecernos todos siendo pobres
    y, desde la pobreza, ganar la partida de la Historia.

    Con sentido de su identidad única, que es también
    de gran pluralidad: virtuosa en catolicidad.

    Defensora del derecho de los pobres y abatidos
    (que son desheredados, no perdedores).

    Pregonera de la total Justicia.

    Vivir la Iglesia es ser testimonio alegre y permanente
    de la fe que tenemos.
    Testimonio, siempre presente y vivo, de unidad;
    pero también de apertura.

    A la Iglesia yo la quiero ocupada
    en servir a quien más necesita;
    no centrada en unos "proyectos pastorales",
    sino en las gentes, en los otros mundos, en otros pueblos,
    y en sus valores culturales.

    Tratando a los más pobres con más dignidad.

    Optar por ellas y ellos, y ayudarles, sin crearles dependencias.
    Ofreciéndoles lo que somos más que lo que tenemos;
    compañeras y compañeros de andadura;
    dónde, unos y otros, podamos estribar la carga
    a veces pesada de la vida.

    La tarea es la Solidaridad hecha vida:
    es acompañamiento y cooperación
    para hacer posible toda búsqueda de mucha más dignidad,
    de más justicia, de más desarrollo integral de las personas.

    Sabiendo que, cada pueblo al que vamos, nos espera,
    para encontrar lo mismo que seguro nos ofrece:
    una mano amigable y confiada;
    mesa común para comer lo poco o lo mucho,
    para conversar hasta el consenso
    y, proyectando futuros nuevos, programar acciones y tareas
    desde y en solidaridad.

    Con ellas y ellos vamos a compartir quehaceres,
    acaso sufrimientos... pero también
    vamos a luchar firmemente por todo aquello que creemos,
    recibiendo y dando, comunicando felicidad.

    Así, la Iglesia que yo quiero, ha de vivir irremediablemente
    padeciendo derroches de esperanza y confianza
    en lo que ha de venir;
    pues todo es avanzar en mañana acercadero
    del Día en que el Señor
    nos ha de asistir para "asunciar" al Cielo.



    José-María Fedriani

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