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miércoles, 3 de diciembre de 2014

EVANGELIZAR CON ALEGRÍA

 
 ES HORA DE SALIR… AL MUNDO

Si nos sabemos seguidores de Jesucristo, si nos sentimos Iglesia, es imprescindible que nos sintamos llamadas y llamados a anunciar el Evangelio ¡a todo el mundo! Y a hacerlo ¡con alegría!

Y, en este anuncio, como ya sabemos, no podemos obviar a quienes lo están pasando mal (los pobres) ni podemos olvidarnos de las injusticias que hacen que nuestro mundo esté tan necesitado de acuerdos de paz, de diálogo, de comprensión, de tolerancia y respeto para quienes piensan de otra manera.
 

Claro que lo primero y urgente, para que nuestra tarea sea eficaz es mirarnos a nosotros mismos y ver qué cosas necesitamos plantearnos, de base y cambiar: nuestra Iglesia se tiene que convertir en MÁS MISIONERA, con un sentido más comunitario de nuestro compromiso (la Misión es tarea de todos).
 
 
En medio de nuestro mundo consumista y materialista, competitivo e individualista, que tantas veces sólo busca, hasta de manera enfermiza, los placeres superficiales, dejando la vida interior apartada de la vida real, resumiéndola a momentos de alejamiento individualista, sin espacio para los demás, sin contar con los pobres, sin ya ni escuchar la voz de Dios ni gozar de la alegría de su amor… (2).

Quizás es que nos falta convencimiento real de lo que decimos creer ¿o acaso no sentimos esa viva y profunda liberación que nos da la necesaria sensibilidad ante las necesidades de los demás?, pues ¿tenemos conciencia de que, comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla? (9).
 

No es posible comunicar-transmitir la alegría del Evangelio con cara de funeral. El mundo actual (que busca a veces con angustia, a veces con esperanza) necesita recibir Buenas Nuevas a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo’” (10).
 

Y hemos de ser muy conscientes de que TODO EL MUNDO tiene el derecho de recibir el Evangelio. Por lo cual, los cristianos tenemos el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. No es proselitismo, es regalo. (14).


 
Claro que, pare eso, hemos de cambiar muchas cosas. Fundamental es hacer una profunda transformación de la Iglesia a MÁS MISIONERA. Ser Iglesia en salida: comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. Y, porque tenemos la experiencia de que siempre fue el Señor quien tomó la iniciativa, en el amor (cf. 1 Jn 4,10), hemos de saber adelantarnos, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Deseando, vivamente brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. (24).
 
 
Se tiene que dar una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación.( 27).

En constante discernimiento, para llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente; quizás pueden ser bellas, pero ahora no prestan un servicio válido, en orden a la transmisión del Evangelio. Hay que revisar muchas cosas; incluso normas o preceptos eclesiales que ya no tienen fuerza educativa como cauces de vida. (43).
 

Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Mejor tener una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. (49).
 

NOS CUESTIONAMOS:

- ¿Qué experiencia personal tenemos de alegría, en relación con el Evangelio?, ¿por qué?, ¿qué dificultades encontramos para vivir, día a día, la alegría del mensaje evangélico?

- ¿Conocemos a personas que destacan por su alegría en la vivencia cotidiana de la Buena Nueva del Evangelio?, ¿en qué manifiestan especialmente su alegría?, ¿nos interpelan?

- ¿Sabemos transmitir nosotros, individualmente o como Comunidad creyente, esa alegría?, ¿llegamos a interpelar a alguien?  

- ¿Tenemos conciencia de nuestra responsabilidad misionera?, ¿sabemos y sentimos que hay mucha gente que está esperándonos para encontrar el sentido de sus vidas?  

- ¿Qué podemos aportar para que nuestra Iglesia (desde el lugar que estamos) se haga más misionera (en estado de “salida”)  y testimoniadora de la Alegría?

 



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