Páginas vistas en total

domingo, 3 de abril de 2011

CONCEPTOS SOBRE DIOS

 

EL DIOS EN QUIEN NO CREO


Yo nunca creeré en:
El Dios que "sorprenda" al hombre en un pecado de debilidad.
El Dios que condene la materia.
El Dios incapaz de dar una respuesta a los problemas graves
de un hombre sincero y honrado que llorando dice: "No puedo".
El Dios que ame el dolor.
El Dios que ponga luz roja a las alegrías humanas.
El Dios que esterilice la razón del hombre.
El Dios que bendiga a los nuevos Caínes de la humanidad.
El Dios mago y hechicero.
El Dios que se hace temer.
El Dios que no se deja tutear.
El Dios abuelo del que se puede abusar.
El Dios que se haga monopolio de una iglesia, de una raza,
de una cultura, de una casta.
El Dios que no necesita del hombre.
El Dios quínela con quien se acierta sólo por suerte.
El Dios árbitro que juzga sólo con el reglamento en la mano.
El Dios solitario.
El Dios incapaz de sonreír ante muchas trastadas de los hombres.
El Dios que "juega" a condenar.
El Dios que "manda" al infierno.
El Dios que no sabe esperar.
El Dios que exige siempre un diez en los exámenes.
El Dios capaz de ser explicado por una filosofía.
El Dios que adoren los que son capaces de condenar a un hombre.
El Dios incapaz de amar lo que muchos desprecian.
El Dios incapaz de perdonar lo que muchos hombres condenan.
El Dios incapaz de redimir la miseria.
El Dios incapaz de comprender que los niños deben mancharse
y son olvidadizos.
El Dios que impida al hombre crecer, conquistar, transformarse,
superarse hasta hacerse casi un Dios.
El Dios que exija al hombre, para creer, renunciar a su naturaleza.
El Dios que no acepte un silla en nuestras fiestas humanas.
El Dios que sólo pueden comprender los maduros,
los sabios, los situados.
El Dios a quien no temen los ricos a cuyas puertas
yacen el hambre y la miseria.
El Dios capaz de capaz de ser aceptado y comprendido
por los que no aman.
El Dios que adoran los que van a misa
y siguen robando y calumniando.
El Dios aséptico, elaborado en gabinete por tantos
teólogos y canonistas.
El Dios que no supiese descubrir algo de bondad, de su esencia,
allí donde vibre un amor por equivocado que sea.
El Dios que no esté presente donde los hombres se aman.
El Dios que condene la sexualidad.
El Dios para quien fuese el mismo pecado contemplarse la vista
con unas piernas bonitas y calumniar y robar al prójimo
y abusar del poder para medrar o vengarse.
El Dios a quién le agrade la beneficencia de alguien
que no practica la justicia.
El Dios del "ya me la pagarás".
El Dios que se arrepintiera alguna vez de haber dado
la libertad al hombre.
El Dios que prefiera la injusticia al desorden.
El Dios que se conforma que el hombre se ponga de rodillas
aunque no trabaje.
El Dios mudo e insensible en la historia
ante los problemas angustiosos de la humanidad que sufre.
El Dios a quien interesan las almas y no los hombres.
El Dios morfina para la reforma de la tierra y sólo esperanza
para la vida futura.
El Dios que cree discípulos desertores de las tareas del mundo
e indiferentes a las tareas de sus hermanos.
El Dios de los creen que aman a Dios pero que no aman a nadie.
El Dios que defienden los que nunca se manchan las manos,
los que nunca se asoman a la ventana,
los que nunca se echan al agua.
El Dios que les gusta a aquellos que dicen siempre: "Todo va bien".
El Dios que pretenden que el cura rocíe con agua bendita
los sepulcros blanqueados de sus juegos sucios.
El Dios que predican los curas que creen que el infierno
está abarrotado y el cielo casi vacío.
El Dios de los curas que pretenden que se puede criticar de todos
y de todos menos de ellos.
El Dios de los curas burgueses.
El Dios que dé por buena la guerra.
El Dios que ponga la Ley por encima de la conciencia.
El Dios que fundase un iglesia estática, inmovilista,
incapaz de purificarse, de perfeccionarse y de evolucionar.
El Dios de los curas que tienen respuestas prefabricadas para todo.
El Dios que le negase al hombre la libertad de pecar.
El Dios que no siga ironizando sobre los nuevos fariseos
de la historia.
El Dios a quien le falte perdón para algún pecado.
El Dios que prefiera a los ricos y poderosos.
El Dios que "cause" el cáncer o "haga" estéril a la mujer.
El Dios a quien sólo se le puede rezar de rodillas,
a quien sólo se le puede encontrar en la iglesia.
El Dios que aceptase y diese por bueno
todo lo que los curas dicen de él.
El Dios que no salvase a quienes no le han conocido
pero le han deseado y buscado.
El Dios que "lleva" al infierno al niño después de su primer pecado.
El Dios que no permitiese al hombre la posibilidad
de poder condenarse.
El Dios para quien el hombre no fuera la medida de todo lo creado.
El Dios que no saliera al encuentro de quien lo ha abandonado.
El Dios incapaz de hacer nuevas todas las cosas.
El Dios que no tuviera una palabra distinta, personal,
propia para cada individuo.
El Dios que nunca hubiera llorado por los hombres.
El Dios que no fuera la luz.
El Dios que prefiera la pureza al amor.
El Dios insensible ante una rosa.
El Dios que no puede descubrirse en los ojos de un niño
o en los de la persona amada o de una madre que llora.
El Dios que se case con la política.
El Dios que no se le revele alguna vez
a quien le desee honestamente.
El Dios que destruye la tierra y las cosas que el hombre ama
en vez de transformarlas.
El Dios que no tuviese misterios, que no fuese más grande
que nuestra comprensión.
El Dios que para hacernos felices nos diera una felicidad
divorciada de nuestra naturaleza humana. 
El Dios que aniquilara para siempre nuestra carne
en vez de resucitarla.
El Dios para quien los hombres valieran por lo que tienen
o por lo que representan.
El Dios que aceptara como amigo a quien pasa por la tierra
sin hacer feliz a nadie.
El Dios que no poseyera la generosidad del sol que besa
cuanto toca, las flores y el estiércol.
El Dios incapaz de divinizar al hombre, sentándole a su mesa
y dándole parte en su herencia.
El Dios que no supiese ofrecer un paraíso donde todos
nos sintamos hermanos de verdad
y donde la luz no venga sólo del sol
y de las estrellas sino sobre todo de los hombres que aman.
El Dios que no fuese amor y que no supiera transformar en amor
todo cuanto toca.
El Dios que al abrazar al hombre ya aquí en la tierra no supiera
comunicarle el gusto y la felicidad
de todos los amores humanos juntos.
El Dios incapaz de enamorar al hombre.
El Dios que no se hubiera hecho hombre con todas sus consecuencias.
El Dios que no hubiera nacido milagrosamente
del vientre de una mujer.
El Dios que no hubiese regalado a los hombres
hasta a su misma madre.
El Dios en el que yo no pueda esperar contra toda esperanza...
Sí, mi Dios es el otro Dios.

                                                                             Juan Arias
                                                                                          (Río de Janeiro – Brasil)






El "Punto Dios" en el cerebro



Un frente avanzado de las ciencias hoy está constituido por el estudio del cerebro y de sus múltiples inteligencias. Se han conseguido resultados significativos, también para la religión y la espiritualidad.

Se distinguen tres tipos de inteligencia. La primera es la inteligencia intelectual, el famoso CI (Cociente de Inteligencia), al que se le dio tanta importancia en todo el siglo XX. Es la inteligencia analítica por medio de la cual elaboramos conceptos y hacemos ciencia. Con ella organizamos el mundo y solucionamos problemas objetivos.

La segunda es la inteligencia emocional, popularizada especialmente por el psicólogo y neurocientífico de Harvard, David Goleman, con su conocido libro, Inteligencia emocional (CE = Cociente Emocional). Él demostró empíricamente lo que era convicción de toda una tradición de pensadores, desde Platón, pasando por San Agustín y culminando con Freud: la estructura de base del ser humano no es razón (logos) sino emoción (pathos). Somos, en primer lugar, seres de pasión, empatía y compasión, y sólo después de razón. Cuando combinamos CI con CE nos movilizamos, a nosotros mismos y a otros.

La tercera es la inteligencia espiritual. La prueba empírica de su existencia deriva de investigaciones muy recientes, de los últimos diez años, hechas por neurólogos, neuropsicólogos, neurolingüistas y técnicos en magnetoencefalografía (que estudian los campos magnéticos y eléctricos del cerebro). Según estos científicos, existe en nosotros, y es científicamente verificable, otro tipo de inteligencia, mediante la cual no sólo captamos hechos, ideas y emociones, percibimos también los contextos mayores de nuestra vida, totalidades significativas, y hace que nos sintamos insertados en el Todo. Nos hace sensibles a valores, a cuestiones ligadas a Dios y a la trascendencia. Se la llama inteligencia espiritual (CEs = Cociente Espiritual), porque es propio de la espiritualidad captar totalidades y orientarse por visiones transcendentales.

Su base empírica reside en la biología de las neuronas. Se ha verificado científicamente que la experiencia unificadora se origina de oscilaciones neurales a 40 hercios, localizada especialmente en los lóbulos temporales. Se desencadena, entonces, una experiencia de exaltación y de intensa alegría como si estuviésemos delante de una Presencia viva.

O inversamente, siempre que se abordan temas religiosos, Dios o valores que conciernen al sentido profundo de las cosas, no superficialmente, sino con una participación sincera, se produce esa misma excitación de 40 hercios.

Por esta razón, neurobiólogos como Persinger, Ramachandran y la física cuántica de Danah Zohar bautizaron esa región de los lóbulos temporales como "el punto Dios".


Si es así, en términos del proceso evolutivo podemos decir: el universo evolucionó durante miles de millones de años hasta producir en el cerebro el instrumento que capacita al ser humano para percibir la Presencia de Dios, que siempre estaba allí aunque no percibido conscientemente. La existencia de ese "punto Dios" es una ventaja evolutiva de nuestra especie homo. Da una referencia de sentido a nuestra vida. La espiritualidad siempre ha pertenecido a lo humano y no es monopolio de las religiones".


Leonardo Boff -  catedrático de Ética y teólogo de la Liberación.


 

El teísmo, un modelo útil pero no absoluto para «imaginar» a Dios

                                                     por José María VIGIL



VER:

Una larga pero no eterna historia de la idea «Dios»

Los antropólogos insisten en que el homo sapiens ha sido homo religiosus desde el principio. Este primate comenzó a ser «humano» cuando pasó a necesitar un sentido para vivir, y pasó a percibir una dimensión espiritual, sagrada, misteriosa...

Pensábamos que esa dimensión religiosa dice relación necesaria a un «Dios», pero hoy sabemos que no siempre ha sido así. Ahora tenemos datos de que durante todo el Paleolítico (70.000 a 10.000 a.e.c) nuestros ancestros adoraban a la Gran Diosa Madre, confusamente identificada con la Naturaleza. La idea de «dios» es posterior, de la época de la revolución agraria (hace 10.000 años). El dios guerrero, masculino, que habita en el cielo y hace alianza con la tribu... es una idea divina reciente, que se generalizó y se impuso mayoritariamente en las religiones «agrarias».

El concepto griego de dios («theos») marcaría más tarde a Occidente: es el «teísmo», una forma de concebir lo religioso centrándolo todo en la figura de «dios». Los dioses viven en un mundo encima del nuestro, y son poderosos, pero tienen pasiones humanas. Los filósofos griegos criticarán esa imagen demasiado humana de los dioses. También el cristianismo purificará su imagen de dios, que seguirá siendo, a pesar de todo, bastante antropomórfica: Dios ama, crea, decide, se arrepiente, interviene, perdona, redime, salva, tiene un plan... como nosotros, que al fin y al cabo estamos hechos a su imagen y semejanza. Ese Dios todopoderoso, Creador, Causa primera, Señor, Juez... quedó en el centro de la cosmovisión religiosa occidental, como la estrella polar del firmamento religioso en torno a la que todo gira. De Dios no se podía ni dudar: la duda ya era un pecado, contra la fe. Creer o no creer en Dios: ésa era la cuestión decisiva.

La ciencia y la modernidad chocan con Dios

Pero a partir del siglo XVII, el avance de la ciencia va haciendo retroceder a «Dios» en todo aquello que hasta entonces se le había atribuido. Grotius lo dijo: todo funciona autónomamente, etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera. La ciencia descubre las «leyes de la naturaleza»; los duendes y los espíritus ya no son necesarios, los milagros desaparecen, y hasta se hacen increíbles. Bultmann dirá: no se puede ser moderno y creer en el mundo de espíritus tradicional.

No sólo la ciencia, también la psicología social nos transforma: el ser humano moderno adulto no se siente a gusto ante un Dios paternalista tapaagujeros. Bonhoeffer dirá: «Dios se retira, nos llama a vivir sin él, en una santidad laica».

Si en el siglo XVIII comenzó el ateísmo, en el siglo XX se multiplicó por 12: fue la opción «religiosa» que más creció. Aumentan los «a-teos», los «sin-Dios», que no son personas de mala voluntad que quieran combatir a Dios, sino personas a las que Dios no les resulta creíble, ni siquiera inteligible. La idea clásica de «dios» entra en cuestionamiento.

Nuevos replanteamientos de la cuestión

El cristianismo occidental de los siglos XVIII-XIX interpretó el ateísmo como anticlericalismo, y en parte tenía razón. Pero más tarde reconocería que otra gran parte de razón la tenían los críticos ateos: «los cristianos hemos velado más que revelado el rostro de Dios» (Vaticano II, GS19). Hemos defendido malas imágenes de Dios, y ahora somos muchos cristianos los que reconocemos que «tampoco yo creo en ese Dios que no creen los ateos».

Pero hoy día estamos dando un paso más: el concepto mismo «dios», aun purificado de las malas imágenes, es un concepto limitado, y de aceptación no universal. Más: hay quienes creen que ciertos conceptos de dios, son incluso dañinos, porque transmiten ideas profundamente equivocadas a la Humanidad. Baltodano cree urgente cambiar la imagen de Dios en su país, porque la imagen común que allí se tiene de Dios, es nociva. La cuestión, es nueva, y muy seria: ¿qué estatuto damos al concepto «dios»?

JUZGAR:

La idea de «theos» tiene sus problemas

Comencemos reconociendo algunos:

- la «objetivización» de dios: es «un ser», muy especial, pero un ser concreto, un «individuo»... que vive en el cielo, ahí arriba, ahí afuera... La inmensa mayoría de los creyentes lo creen así, literalmente;

- es una «persona»: ama, perdona, ordena, tiene un plan... como nosotros... ¿no es antropomorfismo?;

- es todopoderoso, Señor y Juez universal, premiador y castigador... ¿una proyección del sistema agrario?

- ejerce y retiene la responsabilidad última sobre el curso de la historia (¿no nos desresponsabiliza?);

- es el Creador: absolutamente «transcendente», totalmente diferente del cosmos... ¿Un dualismo radical que pone al Absoluto por un lado, y la realidad cósmica, despojada de todo valor, por otro?

- tradicionalmente ha sido un dios «tribal», de mi país o de mi religión, que «nos ha escogido» y nos protege frente a los otros, nos ha revelado la verdad y nos da una misión universal sobre los demás... ¿?

Bien considerado, todo esto no es más que una forma de imaginar a Dios, pero una forma que hace tiempo que va resultando inaceptable a un número creciente de personas... que sienten que creen en Dios, pero no en ese tipo de dios, no en «theos», que no sería más que una forma agraria de imaginar-concebir la Divinidad... Dios ha de ser algo más profundo que lo que esa fe tradicional ha imaginado como Dios.

Establezcamos una distinción

Una cosa es creer en el Misterio de Dios, en la Divinidad -la Realidad última, inexpresable-, y otra es creer que ese Misterio adopte la forma concreta de dios-«theos» (un ser, ahí arriba, todopoderoso...).

Creer en la Realidad última, sin imagen de Dios

- La Realidad última, no puede ser tan sencilla como esa imagen de dios-theos... No podemos confundir lo que sea en verdad la Realidad última, con nuestra idea «dios». El teísmo es un «modelo», una forma concreta de imaginar-concebir lo divino, un instrumento conceptual, una ayuda, no imprescindible.

- Es un instrumento cultural, que se ha mostrado sumamente útil, genial incluso; pero no es una «descripción» de la Realidad última, a la que no podemos «imaginar».

- Es una creación humana; por eso ha ido cambiando, y está cambiando; ahora nos parece una idea evidente, pero la humanidad pasó mucho tiempo sin ella.

- Hoy a muchas personas se les queda corta: no logran aceptar esa forma de imaginar la Realidad última. Sienten que el «teísmo», el imaginar la Realidad última como «dios», no es la única manera de relacionarse con ella, ni es la mejor, ni siempre es buena.

No hay por qué descalificar el «teísmo», que para muchas personas resulta útil, incluso imprescindible. Se trata de descubrir que es sólo un instrumento, y que otras personas necesitan otro modelo, no teísta. Creer o no creer en «dios» ya no es la cuestión; lo decisivo ahora es la experiencia espiritual de cada quien.


ACTUAR:

• Quien se sienta bien en la forma teísta tradicional puede seguir en ella; nadie debe ser molestado.

• No obstante; muchas personas y comunidades tradicionales harán bien en revisar este tema; no es bueno desconocerlo simplemente por pereza.

• En general hacen falta nuevas imágenes, nuevas metáforas para Dios; las tradicionales están desgastadas y a muchas personas ya no les sirven.

• Hoy día, un número creciente de personas descubren que el teísmo les resulta incompatible con su percepción actual del mundo, y que fuera del teísmo, paradójicamente, se reconcilian con la dimensión divina de la realidad, con la Realidad Divina, nuevo nombre -más respetuoso- que dan a Dios.

• Los teólogos cada día ven más clara la posibilidad de un cristianismo posteísta, aunque falte mucho por decantar bien esta intuición. Se podría ser cristiano y no ser teísta, no creer en «dios-theos», sino en la Realidad divina, en la Divinidad.

• Se puede -y se debe- releer las religiones más allá del teísmo (algunas no son teístas). Así como el modelo «dios» no es imprescindible, tampoco lo es la forma teísta clásica de las religiones. Podemos vivir más allá del teísmo, aunque no más allá de la Realidad Última. Una reinterpretación pos-teísta del cristianismo ya la están haciendo muchos, en la práctica y en la teoría, y conviene conocerla.

• La experiencia espiritual del ser humano es permanente, y va profundizándose, pero las imágenes y explicaciones que nos hemos dado a nosotros mismos para comprenderla y expresarla, han ido variando, y variarán, conforme crece nuestro conocimiento.

• La polémica tradicional por la existencia de Dios (creer o no creer en Dios...) es una discusión que ya no tiene sentido... El modelo teísta no es absoluto; es tan tradicional que a muchos les parece imprescindible, pero que no lo es. Y la alternativa al teísmo no es el ateísmo, sino el «pos-teísmo», o simplemente, el no teísmo. Ambas formas son compatibles con la experiencia espiritual del ser humano.


                         (José María Vigil en Agenda Latinoamericana 2011)

 


Los dos libros de Dios

 


En el aula, la profesora pregunta: “¿Cuál es el libro más importante que Dios escribió?” Casi a coro los niños responden: “La Biblia!” . ¿Respuesta correcta?

I. Los Dos Libros de Dios

Decía San Agustín: Dios escribió dos libros. El primer libro no es la Biblia, sino la creación, la naturaleza, la vida. Es por el Libro de la Vida como Dios quiere hablar con nosotros. Dios creó las cosas hablando. Dijo: “¡Luz!”. Y la luz comenzó a existir. Todo lo que existe es la expresión de una palabra divina. Cada ser humano es una palabra ambulante de Dios. ¿Tenemos consciencia de eso? Mucha gente mira la naturaleza y no piensa en Dios. Ya no nos damos cuenta de que estamos viviendo en medio del libro de Dios y de que somos una página viva de ese libro divino. Agustín dice que fue el pecado, o sea, nuestra manía de querer dominar todo y de pensar que somos dueños de todo, lo que nos hizo perder la mirada de la contemplación. Ya no conseguimos descubrir cómo Dios está hablando en el Libro de la Vida.

Por eso -así lo decía Agustín-, Dios escribió un «segundo libro», la Biblia. No fue escrita para sustituir al Libro de la Vida. Al contrario. Fue escrita para ayudarnos a entender mejor el Libro de la Vida y a descubrir en ella las señales de su presencia amorosa. La Biblia -decía también Agustín- nos devuelve la mirada de la contemplación y nos ayuda a descifrar el mundo y a hacer que el universo se torne nuevamente revelación de Dios, y vuelva a ser lo que es: “el Primer Libro de Dios”.

¿Cómo fue escrita la Biblia? ¿Cómo lo hizo Dios? El texto de la Biblia no cayó listo ya, del cielo. Nació poco a poco, a lo largo de los siglos, como fruto de un demorado proceso de interpretación de la vida, de la historia, de la naturaleza. Impulsado por el deseo de encontrar a Dios, el pueblo fue descubriendo las señales de la presencia divina en la vida, y las trasmitía para las generaciones siguientes. Al final, acabó escribiendo sus descubrimientos en un libro. Ese libro es la Biblia. La Biblia trae el resultado de la lectura que el pueblo hebreo hizo de su vida e historia. El Segundo Libro de Dios, como decía Agustín, le ayudó a descubrir el hablar de Dios en el Primer Libro...

Todo esto ocurrió con el Pueblo de Dios del que nosotros los cristianos somos herederos. Pero nosotros no somos los únicos que sienten en el corazón la búsqueda de Dios. Lo mismo ocurría y continúa ocurriendo con los pueblos de Asia y de África, con los indios aquí de América Latina, con los pueblos de Europa. Todos los pueblos de todas las culturas y religiones, a lo largo de su historia, fueron descubriendo los rasgos de Dios dentro del Libro de su Vida. Como el pueblo hebreo, todos ellos buscaban formas de expresar sus creencias y convicciones en ritos y doctrinas, en historias y normas, en libros y templos, en celebraciones y oraciones, en imágenes y símbolos de Dios, para que no se perdiese la riqueza de esta sabiduría acumulada a lo largo de los siglos.

No se trata aquí de que un pueblo piense que su tradición religiosa sea mejor que la de los otros, ni de que un pueblo quiera convertir a otro a su religión. ¡No! El año 2000, en Jerusalén, hubo un encuentro de oración por la paz en el que participaron los tres representantes máximos de los judíos, de los cristianos y de los musulmanes. Estaban allí el Gran Rabino de los judíos, el Papa y el delegado del imán supremo de los musulmanes. Los tres representaban ¡más de tres mil millones de seres humanos! Cada uno hizo una breve exposición sobre el significado de aquel encuentro. Juan Pablo II dijo algo bien sencillo y muy importante: Estamos aquí no para convertir al otro a nuestra religión, sino para aprender unos de otros cómo alabar a Dios, cómo servir al prójimo y cómo defender juntos la Paz, y para nunca utilizar la fe para legitimar guerras ni masacres.

II. El gran desafío

En toda la historia de la humanidad, nunca hubo una época con tantos cambios en tantos niveles diferentes y en tan poco tiempo como en estos últimos cien años. La ciencia está revelando cosas nuevas del Universo, en el Primer Libro de Dios, cosas que ni nuestros antepasados, ni San Agustín podría imaginar o sospechar. Por eso, la concepción que tenemos hoy del Universo es radicalmente diferente, por ejemplo, a la del tiempo en que se hizo la descripción de la Creación en el libro del Génesis.

Antiguamente, pensábamos que la Tierra era el centro del Universo. Hoy descubrimos por la ciencia que la Tierra no pasa de ser un grano de arena en medio de montañas inmensas, de una gota de agua en medio de un océano. El sol no pasa de ser una pequeña estrella, perdida en la periferia de nuestra galaxia. Hoy, así parece, quien está ayudándonos a descubrir mejor las cosas de Dios en el Libro de la Naturaleza, ya no es la Biblia, como enseñaba Agustín, sino las investigaciones científicas. Por eso, mucha gente pregunta: entonces, ¿qué hacer con la Biblia y su cosmovisión obsoleta? ¿Cómo puede ayudarnos a interpretar este Universo inmenso que la ciencia desvela ante nosotros? Muchos ya no consiguen leer la Biblia y creer en lo que dice y enseña. Cada vez que leen un trecho de la Biblia, les viene la pregunta incómoda: ¿sería así realmente?

Aquí vale la pena retomar una palabra de Clemente de Alejandría (siglo IV) que decía: “Dios salvó a los judíos judaicamente, a los griegos, griegamente, a los bárbaros, bárbaramente”. Y podemos añadir: a los brasileños, brasileñamente, y a los latinos, latinamente, etc. Así como los judíos, los griegos y los bárbaros, cada uno en su tiempo y en su cultura, a través de la constancia de su fe y en medio de muchas crisis, fueron capaces de descubrir las señales de la presencia amorosa de Dios en sus vidas, así nosotros somos desafiados hoy a descubrir la misma presencia divina dentro de la nueva situación en que la historia y la ciencia nos han puesto.

Así como la ciencia en estos últimos cien años nos ha ayudado a leer mejor el Libro de la Naturaleza, así debemos usar la ciencia para leer e interpretar la Biblia. No podemos tomar al pie de la letra las historias de la Biblia sobre el origen del mundo, como si todo hubiese ocurrido exactamente así. El fundamentalismo es enemigo de la verdad. Debemos procurar descubrir la intención, el hilo conductor, las convicciones de fe que en ellas se expresan. Decía Pablo: “La letra mata, el Espíritu es lo que da vida a la letra”.

Y no es sólo eso, hay más -y aquí llegamos al gran desafío-. Más allá del texto bíblico, más allá de las doctrinas, los dogmas, las imágenes tradicionales de Dios, incluso de las conclusiones bonitas y revolucionarias de la ciencia de hoy, hay en los pueblos una fe pertinaz que siempre renace, incluso cuando queda sofocada por una ciencia que, a veces, pretende ser infalible, o por un dogmatismo que, muchas veces, se considera dueño de la verdad. Se trata de una intuición mística, anterior a todo lo que hacemos en la ciencia o en la religión. Es una voz silenciosa, frágil, sin palabras, que sube del fondo del inconsciente colectivo de la humanidad y nos dice: Dios existe, está con nosotros, nos oye; de él dependemos, “en él vivimos, nos movemos y existimos. Somos de la misma raza de Dios” (Hch 17,28).Y Agustín respondía: “Nos hiciste para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti!”

Todas las religiones tratan de dar una respuesta a este anhelo profundo del corazón humano, que tiene razones que la misma razón desconoce. Hoy, más que nunca, con cada nueva generación, vuelven esas mismas preguntas: ¿por qué existimos? ¿Quién nos hizo? ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? Ciencia y fe deben ayudar a buscar la respuesta. Este es hoy el gran desafío o misión de los dos Libros de Dios.

III. La esperanza que nos anima

El pueblo de la Biblia consiguió descubrir la presencia de Dios en la vida y en la naturaleza. Decían: “El cielo manifiesta la gloria de Dios” (Sl 19). Admiraban la grandeza del Creador y cantaron la belleza de la Creación en salmos como el 8, 19, 46, 104, 136, 139 y 148.

Estos salmos nos dan una idea de lo que significaba para el pueblo oprimido del destierro la fe en el poder creador de Dios. Pues en la lectura del Libro de la Vida, no se trataba sólo de obtener informaciones sobre lo que ocurrió en el pasado, en el origen del mundo. Se trataba, sobre todo, de saber quién era el Dios que estaba con ellos allá en el exilio, en lo más hondo del pozo, en aquella oscuridad sin luz, en aquel desánimo sin futuro... El redescubrimiento de la presencia creadora de Dios en su vida fue como la resurrección del pueblo que iluminó la vida y la misma naturaleza.

Esta fue y continúa siendo la ayuda que la Biblia, el Segundo Libro de Dios, puede, quiere y debe dar para que podamos comprender mejor el Primer Libro de Dios, el Libro de la Vida. Y esta ayuda depende no sólo de la investigación científica, sino también y sobre todo de la renovación interior de nuestra fe y del testimonio comunitario de la Buena Noticia de Dios que Jesús nos trajo.

Mucho más que los judíos, los griegos y los bárbaros del pasado, tenemos hoy nosotros razones de sobra para decir: “Señor nuestro Dios, tu presencia irrumpe por toda la Tierra. El Universo entero canta tu gloria!”. Más que nunca somos invitados a retomar el Segundo Libro de Dios para, por su medio, (1) redescubrir la presencia amorosa y creadora de Dios en todo lo que existe, y (2) redescubrir en los descubrimientos increíbles de la ciencia la revelación de Dios en el Libro de la Vida.

La ciencia y la fe, si son verdaderas, nos llevan a ser humildes, a no pretender que nuestra religión sea mejor que las otras religiones. Ellas nos ayudan a profundizar nuestra manera cristiana de experimentar a Dios en la vida y en la naturaleza para que podamos expresarla y compartirla con los otros que piensan diferente de nosotros y, así, enriquecernos mutuamente. En este compartir, tal vez lleguemos a tener la misma experiencia que Jesús tuvo en contacto con alguien de otra raza y otra religión: “Les aseguro que en Israel no he encontrado tanta fe” (Lc 7,9). Jesús aprendió de un pagano.

Volvamos a la pregunta de la profesora: ¿Cuál es el libro más importante que Dios escribió para nosotros?

Carlos Mesters
São Paulo SP, Brasil



Como un ciego no puede
negar la existencia de los colores... ,
como el sordo no puede decir
que la música no existe,
por no comprender la belleza
de una melodía...
Así, el incrédulo no puede negar
la existencia de Dios;
sólo puede decir que él no lo ha visto.
                                                         José-M. Fedriani




2 comentarios:

  1. Tu post me parece ENTERO, completo, no se escapa nada, estoy de acuerdo que el mismo Dios que tù no quieres, tampoco quiero yo.
    Pero yo tengo a Dios en mi corazón, yo lo siento, me acompaña, es un Dios no perfecto, pero lo amo y lo acepto del mismo modo que él me acepta ami.
    Mis besos para ti y lo mejor de la vida y a lo triste, doloroso e incomprensible LUZ, demos luz ante tanta oscuridad.
    mar

    ResponderEliminar
  2. Gracias mar. Que tus olas siempre vayan llevando vida...

    Un abrazo, JM

    ResponderEliminar