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jueves, 26 de diciembre de 2013

ACONTECIMIENTO PARA TODOS


 
Celebrar el nacimiento de Cristo es celebrar la manifestación de Dios entre nosotros, es todo un “sacramento”; es decir: un “signo” de que Dios habita entre nosotros”.











La encarnación de Jesús nos plantea creer de otra manera: Dios es la Unidad Total: Comunidad de toda Vida.

Así, todos los seres humanos estamos llamados a tomar parte de este Reino de Dios  (que lo llamaba Jesús).

 




Jesucristo es el enviado desde el Cielo a la Tierra para anunciarnos esta buena Noticia: todos somos hijos de Dios, herederos del Reino.












Si lo creemos, nos corresponde vivirlo. Con gozo, con esperanza, también con nuestro compromiso de vida.

 












 



 
Para vivir el significado
de la Navidad
y la encarnación

En los días navideños, la Iglesia propone en la liturgia de cada día una lectura de la primera carta de Juan. Es una elección muy acertada pues en ese texto hay algo fundamental para el cristianismo: nada como esa carta nos desentraña el significado de la encarnación: que Dios se hizo hombre para que le buscáramos entre los hombres y no en las nubes del cielo. Pero esa carta de Juan es un texto difícil por dos razones: una es su estilo semita, lleno de repeticiones, anticipos y vueltas atrás, ajeno a nuestra mentalidad occidental. Otra es nuestra ceguera como lectores: San Agustín avisaba de que “el corto entender nos coarta en esta carta”  (Obras, BAC, XVIII, 239).

Una ayuda para comprender la carta de Juan puede ser el comentario de san Agustín, una de sus mejores obras. En este sentido proponemos aquí una breve selección de ese comentario.

1.- Del comentario de Agustín puede salir un impresionante canto al amor desinteresado. Veámoslo:

“Amor, dulce palabra; realidad más dulce” (308).

“El amor es la culminación de todo nuestro obrar; él es la meta y hacia él corremos” (351).

“Cada cual es lo que sea su amor” (231).

2.- El amor es necesariamente activo, porque, en un mundo cruel como éste, cree Agustín, y pide: “que la caridad golpee tus entrañas” (percutiat viscera tua charitas 273). Por eso:

“Nadie puede decir qué rostro tiene el amor. Sin embargo tiene pies y ellos llevan hacia la Iglesia, tiene manos y ellas socorren al necesitado; tiene ojos pues por ellos ves al indigente; tiene oídos y a ellos les dice el Señor: ‘el que tenga oídos para oír que oiga’” (305).

3.- Ese amor implica un olvido total de sí, incluso de nuestra inacabable necesidad de justificarnos: “en cuanto empiezas a no defender tu pecado, ya estás camino de la justicia” (249).

4.- Por eso puede decirse de ese amor que en él está todo. Y este es el significado pleno de la encarnación de Dios:

“El que ama a su hermano ama a Dios. Es inevitable que ame a Dios, pues es necesario que ame al Amor mismo.

¿Acaso podría alguien amar al hermano y no amar al amor? Imposible. Y amando el amor ama a Dios.

¿Ya no recuerdas lo que antes decía: “Dios es Amor”? Pues si Dios es Amor, quienquiera que ame al amor ama a Dios.

Por tanto: ama a tu hermano y quédate tranquilo: pues no podrás decir amo a mi hermano y no amo a Dios. Al revés: mientes, tanto si dices que amas a Dios y no amas a tu hermano, como si dices que amas a tu hermano y pretendes no amar a Dios.

En resumen: si amas a tu hermano es preciso que ames el amor. Es así que el Amor es Dios. Luego quien ama a su hermano ama a Dios”[1] (342-43).





[1] Mantengo la palabra Amor con mayúscula cuando se refiere a Dios, para eludir la ambigüedad de nuestras traducciones que no tienen palabras para la “agapê” griega. Pues traducir por amor conlleva el riesgo de nuestra identificación facilona entre amor y deseo. Pero traducir por caridad es proyectar en Dios la devaluación minimalista que nosotros hemos hecho de esa espléndida palabra (pues caridad empalma con el griego “charis” que alude a la gratuidad). Y traducir por solidaridad, que pudo ser hoy la palabra más expresiva, puede implicar una reducción grupal de la solidaridad, que la prive de su carácter universal. En el primer caso el amor haría menguar la libertad, en el segundo la igualdad y en el tercero la fraternidad. Por eso opto por Amor con mayúsculas.

NB. Los textos citados están tomados del libro de J.I. González Faus: El rostro humano de Dios: de la revolución de Jesús a la divinidad de Jesús. capítulo 3º.
 

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