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viernes, 31 de diciembre de 2010

OPINIONES... SOBRE LA REALIDAD

FELIZ 11 CON CRISIS


Algunos (unas veces ignorantes de la situación real y otras especialistas en institucionalizar la mentira) dicen que ya mismo vamos a salir... ¿Es creíble? Sólo si escondemos la cabeza (como avestruces miedosas): por un lado, los gobiernos entegando “fondos de rescate” a muchos (demasiados) bancos e instituciones financieras..., sin atreverse a “invertir” en la creación de empleo y riqueza; otros pensando en reabrir heridas o diferencias para provocar guerras (vieja estrategia para favorecer a la insdustria armamentista y, paralelamente, vista como medio muy eficaz de lucha contra el desempleo y hasta la superpoblación). Magnífico para seguir disimulando, para continuar sin querer ver la verdad; porque, claro, los parches no arreglan verdaderamente los problemas, simplemente los tapan.

La realidad es que ya estamos en crisis ¿saliendo? No, si observamos bien la realidad y lo pensamos un poco, yo creo que es lo contrario: estamos aún entrando en ella. Porque la crisis no es que se hayan hundido ciertos negocios montados sobre la mentira y la explotación (la burbuja “A” o la burbuja “B”, montadas sobre la cultura del “pelotazo”); la crisis es del “sistema” que desborda a lo neoliberal-capitalista, porque roza la desconfianza, la desesperanza, la desilusión y el desencanto; que es insolidario, egoista, inhumano.

La situación de un mundo basado en la injusticia, en el desorden globalizado de que una minoría de la población del Planeta Tierra disfrute de todo el bienestar (hasta inimaginable) mientras las oras tres cuartas partes estén sufriendo la fría realidad de no tener los mínimos... eso es ¡totalmente insostenible!.

Y ese “sistema” tiene que caer, porque...  ¿es eso la crisis?

Pues preparémonos para recibirla (que está llegando...) con ESPERANZA.

                                  José-María Fedriani

    

lunes, 27 de diciembre de 2010

LECTURAS QUE AYUDAN A CRECER

PARA  GANAR 

LA  PARTIDA  DE  LA  VIDA



Fiz llegó a su finca, en el campo, y se encontró con la triste imagen de que aquel inmenso laurel..., que había visto sembrar y crecer... estaba enfermo.

Se quedó mirándolo...  y, recordando el poema de Pablo Neruda, dijo:

Te conozco, te amo,
te vi nacer, madera.
Por eso, si te toco,
me respondes
como un cuerpo querido...

Pero sus ojos le mostraban un triste panorama:

Ahora estaba medio seco, mostrando muchas ramas como enfermas, sin su habitual intenso color verde oscuro..., con gran cantidad de hojas caídas, secas, en el suelo..., aún siendo un árbol de hojas perennes. Incluso se apreciaban cantidad de parásitos por bastantes de sus ramas.

Su mirada se entristeció... Éste, su querido árbol, siempre considerado como agraciado por ser tan beneficioso (tal que, tanto los griegos como los romanos, lo consideraban hasta sagrado y, por ello, coronaban a los emperadores, a los mejores atletas, a los poetas...); ahora parecía llegar a sus últimos días...

No. No podía ser. Su mente le empujó a despertar, con coraje,  de su baúl de recuerdos y añoranzas... Un laurel... ¡nunca puede estar decadente!, pensó. Y le ardieron, desde su adentro, las ganas de luchar por salvar, de su decrépito estado,  a aquel tan querido ser vivo.

Sin dejar pasar la jornada, fue y consultó a unos y a otros, a gente con más conocimientos y sabedores de técnicas agrícolas. Unos le aconsejaron echarle algún producto anti-parásitos, y hubo quienes le recomendaron incluso prenderle fuego a las ramas, para así hacer desaparecer el daño...

También preguntó, a gente con experiencias similares, por los riesgos, por las posibles consecuencias negativas... y todos reconocieron que ninguna de estas fórmulas le garantizaban el éxito.

No, no y no. Ni hablar. Se negaba a aceptar tan dura realidad. Él no quería renunciar a seguir viendo a su árbol crecer y dar sus frutos y disfrutar de su olor y de su sombra...

Todavía, Fiz anduvo unos días pensando y buscando otras opiniones, quizá alguna solución.

Por fin, conversando con una anciana, nonagenaria pero muy llena de lucidez, encontró una respuesta que le pareció, ciertamente, iluminadora...:

- Yo lo que haría (le dijo aquella mujer), es lo que vi hacer a mi madre, una vez que sus macetas enfermaron: sacó las plantas, las limpió, saneándolas todo lo que pudo, les quitó las hojas, ramas y raíces más dañadas, y echando tierra nueva con buenos nutrientes, las volvió a sembrar. Todas sus plantas volvieron a reverdecer y a florecer; llenando su patio de colorido y perfumes.

Así, Fiz, cogió su azada, el  pico y la pala, y se puso a cavar alrededor del su árbol. Tardó varios días, pero consiguió dejar al descubierto todas las raíces. El árbol cayó a un lado. Y Fiz continuó escarbando un poco más. Luego, cortó las raíces dañadas y podridas; limpió, con mucha paciencia, las ramas más estropeadas, limpiando de todo el daño, una a una, todas las ramas y las hojas... Muchas cayeron. El olor, en el ambiente,  era bien intenso y Fiz no pudo reprimir sus añoranzas, quedándose un buen rato pensando en ¡tantas cosas!, tantos recuerdos de su infancia y juventud, tantas experiencias bonitas vividas en torno del viejo laurel que ahora yacía a su lado... 

Retomando fuerzas, retiró toda la tierra vieja y trajo buena tierra nueva, a la que añadió minerales y materia orgánica no viva, así como otros diversos nutrientes...

Luego, acercándose a la copa, amarró las ramas más altas a unas maromas gruesas y, con la ayuda de unos caballos, lo fue enderezando. Una vez que estuvo erecto, rellenó todo el hoyo con la tierra preparada...; la apisonó, de nuevo con la ayuda de los mismos caballos y regó todo el rededor, echando abundantes cubos de agua..., pero sin prisas, dando suficiente tiempo para que la tierra los fuese absorbiendo.

Así, lo mismo en los días siguientes... A la vez que le iba hablando al árbol y cantándole hermosos himnos a la vida.

Como era de esperar, día a día, el noble árbol fue como desperezando sus ramas... Y, después de unas semanas, había recobrado la vida y el esplendor en su color, empezaron a salir nuevos brotes y capullos...

Aquel árbol había revivido. La casa de Fiz estaba como en otros tiempos, remozada con el lindo laurel delante de su fachada.

Una vez más, quedó demostrado que, si se confía, si se le deja..., LA VIDA GANA SIEMPRE.



                                                               José-María Fedriani 
                                                               (en “Claves de Vida”)



LA  FÓRMULA


Érase un bonito poblado de la selva, habitado por gentes sencillas y despreocupadas; que había ido creciendo como un yucal, en medio de los árboles selváticos.

Año tras año, día tras día, los árboles iban siendo talados, la selva desmontada. Y el poblado... haciéndose grande. Y las casas íbanse asomando adornadas de lindos colores: azul, celeste, verde, rosado, amarillo...

Un día, de esos que el cielo se viste de nubes de colores; un día sin lluvia y nublado, con mucha luz pero sin sol que brillara ardientemente...

Un día... Ya al amanecer, llegó un hombre, viajero, por primera vez a este lugar.

Poco equipaje traía. Apenas una mochila y un libro en las manos. Un libro... o un cuaderno quizá. Sí, como un libro..., pero en él escribía... como anotando cuantas cosas encontraba... ¿O es que escribía versos?

Al poco de haber llegado, ya se hacía de noche. Caminó, despacio, hasta las casitas que están junto al río.

Y por allá, sobre unas tablas, quedose dormido.

La luna asomó brillante, en la noche. Las estrellas no menos.

Pasó la noche.

Desde el amanecer, el joven hombre recién llagado, fue buscando un cuarto donde hospedarse.

Después de andar largo rato, descubrió una pequeña casa de madera. No habitada, más debajo de donde queda el mercado; camino del cementerio.

Preguntó, hasta encontrar a los dueños, y logró que se la arrendaran a un buen precio; claro que con la condición de que la arreglara, hasta habilitarla.


En unos pocos días, Manuel había arreglado la pequeña casa, y ya se sentía vecino del barrio. Nadie sabía su nombre, pero ya todos le conocían y le saludaban.

No tardaron, tampoco, en aparecer personas que le fueron a pedir que les ayudase a arreglar también sus casas.

Manuel pasaba las horas visitando hogares, con su serrucho y martillo, con su bote de clavos, con su sonrisa y, casi siempre, con una canción alegre en sus labios; que no le impedía decir “buenos días” a cuantos encontraba, al pasar por las calles.

Y en cada hogar, el trabajo se alternaba con la conversa. Y en cada dialogo, surgían cosas bonitas y problemas y soluciones. Y siempre, al terminar la labor, todas las personas de la casa se sentían amigos de Manuel el carpintero.

Un día, le pidieron que fuese al convento, donde viven los frailes, a arreglar unos cuartos que tenían muy dañadas las tablas, de tantas lluvias.

Difícil le resultó a Manuel el trabajo; pues no fue como en otras casas; esta vez, nadie hubo (mientras duró su trabajo) con quien conversar de alguna cosa.

Sin embargo, al terminar el trabajo previsto, quisieron encomendarle alguno otro... Y hasta le ofrecieron la posibilidad de que se quedara a trabajar siempre en el convento, pues allá había trabajo y dinero...

Manuel, que trabajo le costaba decir “no”, prefirió seguir con sus otros trabajitos, y les dijo a los frailes... que no podía; que gracias.

Manuel también recibió otra propuesta: de trabajar en casa de un hombre rico dedicado al comercio. Y también dijo... que no podía.

Y siguió andando calles, cantando palabras, entrando en las casas, haciendo amigas y amigos de todas las edades, ricos y pobres (más personas pobres que ricas; pues quienes tienen más dinero no suelen necesitar de nadie que arregle sus casas...).

En el fondo, él pensaba y quería estar a disposición de todo el mundo..., pero sin que nadie pudiese decir que él debía estar “a su disposición”; para hacer sólo lo que esta persona le dijera.


Manuel era joven y, lógicamente, le gustaba ir a donde van los jóvenes: al río a bañarse, o donde hacen deporte.

Y también, casi todas las tardes (,ya al anochecer), íbase algún rato, andando despacio, paseando, meditando, por los caminos callados, por las sendas que huelen a tierra mojada y a selva y a pájaros.

Una noche, cuando ya no había más luz que la de la media luna que, creciente, brillaba en lo alto del cielo; regresando a casa, se encontró con tres jóvenes que, parece, le estaban buscando...

Le pidieron que se sentara con ellos, y comenzaron a contarle lo que habían sido sus vidas: yo era un drogadicto...; yo era seductor de muchachas...; yo era bien aficionado al licor y hasta robaba...

Te hemos visto a ti (le dijeron), siempre feliz, dispuesto a ayudar a todos, sin miedo a la vida, cantando unos versos bien bellos; un hombre trabajador, jodido pero contento.

Y... la verdad es que... nosotros quisiéramos saber tu “fórmula”. Queremos ser felices, sin el alcohol, sin la marihuana, ni las mozas...; que estas cosas tampoco nos hacen felices.

La fórmula, amigos (les dijo), no es más que el amor. El amor que no tiene fronteras: el amor al pobre, el amor a la gente que necesita de ti, el amor a quien está sola o solo y triste, el amor a quien espera... aún algo que no sabe lo que es, como vosotros.

El amor. Si amas a una mujer, nunca piensas en “aprovecharte” de ella, sino en servirla y ayudarla y hacerla feliz. Si te amas a ti mismo, no buscas “escaparte” del mundo en que vives, bebiendo o drogándote. Y si amas, aunque sea lejanamente, a las tantas personas que no conoces, buscas cómo hacerte amigo de ellas.

Para ser felices, hay que vivir de verdad. ¿Comprendéis?. Sin evasiones. Aceptando, amando la realidad; aunque no sea la mejor...

Veréis: yo os voy a prestar un libro; este libro, que mucha gente dice que es una utopía. Pero, para mí, es “la Utopía”; o también puede ser la fórmula: esa fórmula que vosotros buscáis. Y leedlo. Siquiera un rato, todos los días. Mejor si lo hacéis los tres juntos.

Empezad por aquí: página 215, que dice: “no hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos”...
Si os parece, nos vemos un rato mañana... y conversamos un poco más sobre esto...: sobre la utopía, sobre vuestra fórmula, sobre la felicidad...

-         Y... ¿dónde?
-         Bueno, si os parece, en la casa donde vivo hemos de encontrar un espacio dónde sentarnos..., aunque sea sobre las tablas que están secándose...

-         Y ¿dónde queda?

-         ¡Ah!, cierto: camino del cementerio...: una casita de tejos que debió estar pintada de rosado, pero que ya empieza a estar pintada de verde.

Así, al día siguiente, antes de que la gente hubiera bajado al mercado, a hacer sus compras, ahí estaban los tres amigos, a la puerta de la casa de Manuel; quien ya llevaba un rato en la cocina preparando un café y unas frituras de yuca.

-         Antes que nada, comemos algo ¿os parece?

Y así, entre bocado y bocado, fueron surgiendo palabras calientes, llenas de vida: confidencias que no habían salido, de lo adentro de aquellos muchachos... desde hacía mucho tiempo:

-         Yo, la primera vez que me emborraché fue el día que vi como mi papá obligaba a mamá a arrodillarse, en el suelo, delante de él... ¡cómo lloraba!... tenía yo trece años...

-         Yo no quería ir a trabajar a la costa, pero mi tío me obligaba...  Allí estuve cuatro años, hasta que me escapé y vine acá...

-         Aquella mujer era mala y me hizo...

Después de una horas, los tres jóvenes se habían abierto totalmente, estaban analizando su realidad y descubriendo los porqué de la situación en que se encontraban.

Fue muy fácil, para Manuel, hacerles ver lo que tenían que hacer. Les dijo así:

-         Lo primero: debéis aceptar vuestra realidad, vuestro pasado y lo que ahora sois: estáis metidos en una situación que no es la mejor. Pero para salir de ella, tenéis que aceptar las cosas como son.
-         ¿Por qué la bebida, la droga, la búsqueda del hedonismo? Todas las cosas pueden tener un sentido; pero si se hacen sin sentido... nada tiene valor.

Después de la conversación, los jóvenes se sentían bien; en un buen estado de ánimos. Ninguno pensaba en otra cosa que seguir conversando, y tenían ganas de salir al campo, a disfrutar de aquel día de sol que estaba haciendo...

-         ¡Vamos!
-         Nos vemos. Tengo cosas que hacer.
-         ¡Déjate ver!
-         Chao. Y... Mariano, Ernesto, Carlos...  ¡ánimo!

Las personas que le iban conociendo, cada vez más iban encomendando algunos trabajos a Manuel. Muchas veces no tanto por que les arreglara los desperfectos de su casa, o les hiciera algún mueble; sino, principalmente, para tener la oportunidad de conversar con él: a cada hogar que llegaba, llegaba un chorro de luz, de alegría, de esperanzas...

Otro día..., una tarde, ya casi de noche, andando Manuel sin más intención que la de observar las caras de la gente (cosa que hacía, a veces, casi por hobby), descubrió; sentadas en el parque, junto a un árbol,  a dos chicas jovencitas. Ambas estaban llorando.

Manuel las miró por un momento. Y al poco les dijo:

-         Si algo bueno se acabó, merece la pena recordar lo que fue bueno;  si algo malo es lo que pasó, mejor olvidarlo... ¿no?

Y esperó, observándolas.

Ellas callaban... pero habían dejado de llorar.

Él siguió diciendo:

-         ¿Qué os pasa?, ¿por qué están tristes esos dos lindos y jóvenes rostros?

Silencios.

Un suspiro. Otro suspiro. Unas miradas...

-         Es que... (dijo, por fin una),

-         ... Es que mi papá me mandó botando de la casa.

-         A mí, vuelta (dijo la otra), me han pasado cosas peores.

-         Bueno, dijo Manuel ¿por qué no me lo cuentan todo? Acaso eso les ayude a que se sientan mejor. Yo no voy a contar nada a nadie...

Y cayó la noche totalmente. Y fueron conversando y conversando hasta casa de Manuel; dónde él les ofreció lo que había. Un poco de pan, queso, algo de leche... y sobre todo calor de hogar, cariño, preocupación por sus problemas...

Las palabras se montaban unas sobre otras:

-         Es que el enamorado me pidió...
-         Yo no sabía qué hacer y me recomendaron...
-         Luego él se fue, ni se sabe a dónde...

Manuel era todo oídos, para escuchar los problemas de toda la gente. Y siempre acababa con un buen consejo; ofreciendo una fórmula para superar aquel problema, aquella crisis...

Él nunca buscaba el mal a nadie. Siempre ofrecía cuanto tenía y su tiempo nunca estaba libre para sí: constantemente andaba pensando en la situación de las otras personas con las que se encontraba; era como un buen hermano mayor.

Hombre y mujeres, adultos y jóvenes, le buscaban para conversar.

Muchos días, comía fuera de casa, invitado en algún hogar. Si comía en la casa, siempre lo hacía acompañado: cada día encontraba con quien compartir su comida. Y cuando él invitaba a alguien, siempre le decía: “gracias por permitirme compartir contigo esta comida”.

Pero siempre hay personas envidiosas. Y le fueron haciendo problemas a Manuel los más ricos, los políticos y también algunos curas y monjas que les gustaba controlarlo todo. Y, hasta, lo demandaron por diferentes motivos: que si llevaba a la casa a mujeres públicas, a drogadictos, a ladrones; que si estaba en contra del gobierno, de los militares, de la Iglesia; que si había dicho de las autoridades que eran borrachos y mujeriegos, que si..., ...



Una noche, en que caía una lluvia torrencial, que parecía que se hundiera toda la población, Manuel recibió la visita de varios de sus mejores amigas y amigos; con aquellos que más veces conversaba, con quienes más veces hablaba de la política y los políticos, del sucio negocio de la guerra y del armamentismo, de las riquezas y miserias de la institución eclesial... Y a quienes más veces les decía que el mundo tiene que cambiar para bien, que Taita-Dios no quiere tantas injusticias en la Tierra, y de que habrá un día en que todos los seres humanos seremos como hermanos, como lo que realmente somos.

Estas personas amigas, habían oído rumores maliciosos contra él, y además del temor que sentían por él, se preguntaban. ¿y qué será de nosotras, de nosotros?, ¿quién los oirá?, ¿quién sabrá consolarnos?, ¿dónde nos podremos reunir para tomar la guayusa y hablar sobre lo que fuimos o sobre lo que buscamos y queremos ser...?

- No hagáis problema, les dijo Manuel. Aún no ha llegado esa hora. Pero si algún día llegara, sabed que esta seguirá siendo vuestra casa; que podéis seguir viniendo a conversar y a pedir consejos o a oir unas palabras de aliento. Que sólo hace falta que sigáis viniendo... La amistad que ha nacido entre nosotros, nunca ha de morir: sabed que siempre que os reunáis dos o tres, si es que os sentís unidos por la amistad, es como si yo también estuviese con vosotros. Y, en verdad, creo, aunque yo no esté aquí; creo que, de alguna manera, me sentiré en medio de ustedes.

La noche fue larga. Y, de madrugada, en medio de la tormenta y el frío, fueron a buscar a Manuel.

Lo montaron en un carro, y le obligaron a salir del pueblo.

El agua, con su musical ruido; cayendo sobre los tejados de las casas, sobre las piedras de la calle,  sobre las ramas de los árboles..., iba diciéndole adiós a Manuel. Sólo el agua hablaba. Sólo un adiós oyó Manuel.

Él, en silencio..., pensaba. Algún día..., volveré. Mas ahora, ¿a dónde?. No importa, en todo lugar hay gente buena, aunque no lo sepan ni ellas, ni ellos mismos. Yo les ayudaré a descubrirse y... acaso puedan ser algo más felices.

Al siguiente día, cuando fueron a buscar a Manuel, la casa estaba vacía. La puerta abierta como siempre. Eran amigos y entraron. Pero nadie había dentro.

Sobre la mesa, un papel escrito:

El mundo
tiene que cambiar.
No podemos seguir
odiándonos,
matándonos,
sufriéndonos.
Tenemos necesidad:
todas y todos necesitamos
ser felices.
Para alegrarnos,
para hacernos felices,
hemos nacido.
No podemos continuar así;
de este modo
el vivir es sufrir,
el pensar es temer,
el sentir es dolor,
el amar es sólo soñar.
Nos falta la esperanza.
Y la confianza.
Y la fe.
Y la amistad en los otros.
Necesitamos
cambiar este mundo.
Necesitamos
aprender a amar.
Es que todos necesitamos
unos de otros.
Hemos sido creados
para amar y ser felices.
Para amar
y no para odiar.
Para acariciar
y no para empujar.
Para abrazarnos
y no para pelear.
Para dialogar
y no para callar.
Para sonreír
y no para llorar.
Para agradar
y no para disgustarnos.

Para confiar
y no para temer.
Para nacer
y no para morir.
Para avanzar
y no para retroceder.
Necesito yo te ti.
Necesitas tú de mí.
Necesita él de nosotros.
Necesita ella de nosotros.
Necesitamos de ellas y de ellos.
Todos nos necesitamos. 
Hoy necesitamos aunarnos,
darnos
un abrazo
cósmico:
abrazo cósmico
que nos haga comprender
que, todos, nos necesitamos
eternamente;
para, eternamente,
ser felices.
¿Cuándo llegará ese día
en que todos
(todos los seres humanos)
sepamos abrazarnos?

                                                                Vuestro amigo, Manuel    



Autor: José-María Fedriani